El día en que me tragó el río

me tragó el río

Solamente recuerdo que daba vueltas deliberadamente entre las fauces de un furioso río que me tragó como una bestia engulle a su presa. La última posibilidad que contemplaba era salir de ese remolino que me hizo sentir como un papel en medio de un huracán.

La emoción de estar en un territorio alejado, pero cercano a mí, me llenó de valor para mostrar todo lo que consideraba positivo de esta tierra.

Estamos en el departamento del Caquetá. Llevábamos meses tratando de llegar a un lugar que venía siendo muy difundido en redes sociales. Se trataba del “Portal del Fragua”. Un escenario que superaba todos los imaginarios que pudiésemos tener de la naturaleza.

Una montaña inundada de vegetación, cortada por la mitad y que en su base es dividida por el río Fragua Chorroso, es la descripción somera de lo que ante nuestros ojos es un templo natural que demuestra el poder, la magia, el ímpetu y la jerarquía del pie de monte amazónico.

San José del Fragua se llama el municipio que en muchas de sus paredes, aún relata la guerra y la devastación que conllevó un periodo de conflicto que mantuvo en la sombra las riquezas de este poblado.


Somos el primer grupo de viajeros o visitantes nacionales que llega a explorar las posibilidades de San José del Fragua en un mundo nuevo de turismo de naturaleza y de aventura. ¿Posibilidades? Absolutamente todas.


No solamente un río de tonalidades turquesas y esmeralda, sino un carisma reflejado en la sonrisa de sus anfitriones, acompañado de una infraestructura modesta pero suficiente; son la principal virtud de este municipio del Caquetá con todo lo necesario para ser un destino de naturaleza promisorio.

Justo allí, a la orilla del despampanante río Fragua, se encuentra un grupo de personas que significan el verdadero sentido de paz. Habitantes del municipio, también emprendedores y algunos excombatientes de las extintas FARC, visten chalecos salvavidas, cascos para actividades de aventura y empuñan remos. Casi todos esos equipos parecen nuevos.

No deja de rondarme la cabeza el pensamiento de que algunos hombres y  mujeres con los que empezaremos a interactuar, anteriormente empuñaban fusiles y ahora, un remo como arma para navegar el Fragua. No sé a ustedes, pero a mí me parece que estamos viviendo aquella paz que siempre vimos tan utópica.

El caso es que estamos a punto de subirnos a un bote inflable de color rojo liderado por Líber Romero, un hombre de unos 30 años que llegó al pueblo como instructor de guianza turística y canotaje y decidió quedarse. Como ya nos habían repetido varias veces, el poder de la manigua de atrapar a quienes llegan pero no pueden salir del Caquetá había hecho lo propio con Líber.

Este líder tiene voz de mando. Confía en sus aprendices que, pareciera, se estuvieran graduando con CaminanTr3s a bordo. No sabemos si es un privilegio, un riesgo o una fortuna. Tal vez las tres.

Así como nuestros guías, ya tenemos puesto lo necesario para empezar esta actividad de riesgo controlado que en inglés llaman rafting, consiste en navegar río abajo desafiando rápidos caudales y corrientes estrepitosas.

Quizás es la segunda vez que hacemos este tipo de actividad. Los nervios me hacen aflojar las rodillas y los pasos que doy hacia el agua para subir al bote son torpes. No hay de otra sino continuar grabando para mostrar la energía que propaga estar en un lugar mágico con unas personas que difícilmente se pueda repetir compartir esta experiencia.

¡Remen! ¡Adelante! ¡Izquierda! ¡Derecha! Era apenas lo que se alcanzaba a escuchar entre los rugidos de un río furioso, imponente. Es Líber dando instrucciones, el resto de la tripulación solo callaba y observaba el horizonte. Se les nota que se criaron nadando aquí. Muy osados nosotros medirnos a un grupo de experimentados, que entre otras cosas nos daban confianza.

Pasamos un rápido. Sorteamos el siguiente. Celebrábamos con los remos en alto el haber pasado un remolino que pareciera el final para la estabilidad del bote. No sé cómo se sincronizan y generan la fuerza suficiente para avanzar por el río y no volcar.

Como a mitad del recorrido, con el corazón palpitando a mil y la mente llena de imágenes insuperables del paisaje del río Fragua, llegamos al paso de la vaca.

Hoy me imagino que quizá así le llaman porque se ha tragado vacas o no sé. Lo cierto es que viendo el video compruebo que fueron segundos bajo el agua. Para mí fue una hora.

El bote da un giro inesperado hacia la derecha. Justo el lado en el que voy sentado choca contra una enorme roca oculta bajo el agua y yo salgo despedido como “pepa de guama” de ese bote. El resto es angustia y terror.

Estoy luchando por salir a flote. Pataleo y recuerdo la instrucción de Líber en caso de que alguien cayera al agua. Creo que, ante la fuerza de la naturaleza, esta vez representada en el caudal furioso de un río, no hay fuerza que detenga su voluntad.

Lo peor que uno puede hacer en ese escenario es asustarse. Pero cómo le piden a un rolo (persona de Bogotá), cuya experticia en el agua fue adquirida en piscinas de tierra caliente, que no se asuste ante tal revolución que se siente en un rápido de un río en la Amazonía. Allá abajo no hay vista, no hay tacto, no hay respiración, no hay posibilidades de actuar calmadamente. Incluso en cuanto emergí por milésimas de segundos, gracias al chaleco salvavidas, traté de tragarme una bocanada de aire, pero en su defecto lo que tragué fue agua. Ahí sentí que estaba perdido.

En ese mismo momento lo único que veo a mi alrededor es agua y rocas y, a lo lejos, un grupo de personas de la Defensa Civil que me vio pasar como objeto que arrastra el agua sin un rumbo claro.

Allí es cuando uno de los muchachos que acompañaba la actividad desde tierra se conduele con esta pobre papeleta que arrastra el viento y salta con determinación al agua y me agarra del chaleco y me da la instrucción que no podía acatar en su momento… ¡Tranquilo! Yo estaba asustado y mi cuerpo no respondía a mis órdenes.

Sentía que ya me ahogaba y daba por finalizada la actividad y muchas cosas más. Luis, quien fue el rescatista, sabía que el río no iba a tragarme del todo, que ya me había probado y sobretodo comprobado que el agua es de respeto y que no la puedes subestimar.

Así, con ese pensamiento ya estoy sobre una roca, a salvo. Gustavo decide ponerme la cámara en frente y preguntarme: ¿Qué pasó? Solo le dije: “El río me tragó” y así con ese mismo ímpetu con el que estamos en Caquetá mostrando su verdadera cara, así mismo me volví a subir a ese bote y aprendí que la naturaleza es poderosa y te da las lecciones que necesitas para que entiendas que es ella quien puede determinar nuestro destino y no nosotros los humanos quienes podemos decidir sobre ella.

Así continuaba el sorpresivo y aventurero viaje que apenas empezaba por Caquetá.