El día en que nos parió la Pachamama

“Que sea el agua de esta quebradita que va a caer al río Sarabando y luego al río Pescado y así a su vez a otro río hasta llegar al mar la que purifique todas las cosas negativas que hemos cargado durante mucho tiempo”. Esas fueron las palabras de Guillermo, el que consideramos por muchas razones el tarzán de la selva caqueteña, durante el momento más sublime que hemos vivido desde la creación de CaminanTr3s.

Llegamos en la noche en una camioneta 4×4 de estaca. Estábamos metidos en la selva que hasta hace poco tiempo había sido dominada por la guerrilla de las FARC. Frente a nosotros una casita con las luces prendidas servía de portón a un camino que nos llevaría hasta la reserva natural El Horeb. A pesar de que por nuestro oficio siempre hemos pensado que el peor enemigo del viajero es el prejuicio, no dejábamos de sentir algo de miedo mientras caminábamos a la luz de la luna pensando en los secuestrados que pudieron pasar por allí. El paso era largo, nuestras botas hacían eco entre la selva mientras a lo lejos se escuchaba un río. No veíamos más allá de los árboles y la maleza que retenían la luz de nuestras linternas. Guillermo nos daba la confianza de seguir, a pesar de que hasta ese día lo habíamos conocido, su forma clara y serena de hablar nos daban parte de tranquilidad para seguir la caminata.

Cuando tú no sabes exactamente para dónde vas el camino se hace largo. Después de unos 40 minutos de subidas y bajadas entre árboles, quebradas y animales, Guillermo nos pidió que paráramos. Parecía que habíamos llegado. “tss tss” fue el sonido de que salió de su boca y retumbó en el silencio de la selva. De repente asomó batiendo la cola un perro labrador blanco.

Aunque la noche era muy oscura notamos que el perrito tenía algo que no era normal en su rostro. Mientras subíamos a la cabaña que está literalmente en la mitad de la nada, Guillermo nos contó la historia de su perrito Orión. El labrador había sido adoptado a temprana edad con una enfermedad que lo cegó para siempre.

Estábamos agotados y las riatas de los equipos nos torturaban los hombros. Sentíamos que debíamos descansar para entender de una vez por todas qué era lo que estaba pasando en ese mágico lugar. Era tan negro pero tan claro, tan aterrador pero tan pacificador. Era como si todos esos miedos que llevamos cargando a nuestras espaldas se hubiesen esfumado privados del susto ante tan majestuosa realidad. El único pedacito de cielo de esa noche estrellada nos regalaba una hermosa postal de la luna en todo su esplendor.

Amaneció en la selva. El día aclaraba muchas cosas que no habíamos entendido la noche anterior. Desayunamos admirados por Orión. Todavía no podíamos creer la habilidad que tenía el perrito para ubicarse dentro de un espacio. La caminata empezaría pasando por el charco del silencio y debíamos estar a las 12 del mediodía en El Útero. Sólo se puede visitar al mediodía o a la medianoche ¿Por qué a las 12? No te lo podemos contar. Hace parte de una hermosa experiencia que te invitamos a vivir. Si te la contáramos perdería toda su magia, todo su encanto. Llegamos al Charco del Silencio a las 11 am para refrescarnos en un lugar paradisiaco. El color del agua no dejaba de asombrarnos. Pensábamos y reflexionábamos en ese momento que no podíamos dejar que la minería o la ganadería extensiva nos arrebataran esos lugares tan espectaculares.

Después de disfrutar del río Sarabando, de saltar y jugar con Orión, Guillermo nos pidió que continuáramos el camino hacia El Útero. Nuevamente, equipos al hombro, iniciamos nuestras acostumbradas caminatas entre ríos y selvas de colores. Cada nuevo paso descubríamos una nueva especie. Guillermo, con su conocimiento sobre la selva, nos explicaba y nos brindaba información sobre cada cosa que veíamos. Ya eran las 11.50 de la mañana. En frente de nosotros se abría una pequeña grieta que permitía el ingreso a la montaña. Era el ingreso a lo desconocido. Apenas si cabíamos haciendo un esfuerzo.

Después de entrar quedamos en total oscuridad hasta ser paridos por la madre naturaleza. En ese momento no nos salían las palabras. No sentimos más la ansiedad previa, por el contrario estábamos calmados. En nuestra cabeza pasó toda nuestra vida como un flashback. Habíamos sido renovados con toda la energía de la Pachamama.

Les damos infinitas gracias a Guillermo y a Orión por habernos permitido vivir de nuevo. Los invitamos a todos ustedes a visitar El Horeb y a llevarse la mejor aventura de sus vidas.

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