Quibdó sabe delicioso, ¿Lo pruebas?

El Chocó es aromas, colores, paisajes, sonrisas y en su mayoría es sabores. Si viajas a Quibdó, lo primero que te va a pasar a penas pongas un pie en esta ciudad es que tu rostro va a ser acariciado por una brisa tibia. El olor a Pacífico es único, embelesa, te transporta a un lugar que no conoces, te abre los sentidos, hueles hasta por los poros de tu piel. La humedad hace el aire pesado y esto que se acumulen sabores como partículas invisibles que penetran tu nariz potenciando a la mil tu sentido del olfato.

 

Chontaduro, piña, guama y marañón se aglomeran en pequeñas carrozas de madera a lado y lado de las calles de la capital. Caminas por la mitad de la vía y todo es fantástico. Sigues bajando hasta la plaza, los gritos de la gente también hacen parte del ambiente. Las valsas que llegan hasta el puerto del mercado transportan por miles pescado y plátano. Hay una mezcla entre negocios, gastronomía, cultura, se trata de la experiencia más rica que jamás hayamos vivido.

 

Al entrar a la plaza te reciben las que mandan en el Pacífico, las mujeres. Sin darte cuenta ya estás sentado en una pequeña mesa de plástico roja. La cocina es dos metros cuadrados, con vista al río Atrato, la despensa de Quibdó. Está llena de ollas que humean hirviendo por el calor que se impone de la caldera de leña. Tu desayuno es un bocachico frito con plátano, arroz y jugo de borojó.

 

Los sabores que van a tu paladar son diferentes, tardas más de 3 segundos en entender la explosión que está sucediendo en tu boca. La comida es sin duda alguna una transmisora de recuerdos, pero ésta no lo era. A pesar de que no nos recordaba nada sabíamos que la recordaríamos por siempre.

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