Taganga ¿Infierno o cielo?

Hace poco estuvimos recorriendo Taganga, la caminamos por casi todas sus calles, disfrutamos de su playa y conocimos su vida nocturna. En esta columna les vamos a contar lo que vimos allí y por qué por momentos nos sentimos entre el cielo y el infierno.

Taganga es un pequeño pueblo de pescadores que hasta hace muy poco tiempo tenía como su principal actividad económica la pesca. Con el mejoramiento de las vías de acceso, la llegada del turismo fue el reemplazo perfecto a la escasez de peces.

Este pueblo enclavado en la costa Caribe, lleno de multiculturalismo, está bañado por un mar color turquesa, fina arena blanca, pequeñas casas de pescadores, olor a pescado fresco y un sol rojo que colorea todos sus atardeceres. Es el lugar perfecto para descansar, disfrutar y conocer.

Como es normal, a este paraíso le ha llegado su agosto en el turismo. Cientos de viajeros lo escogen como su destino final después de recorrer Sur América desde la Patagonia; otros, arriban al pueblo a vacacionar un par de días. Algunos podemos pensar que el turismo es per se algo bueno para el destino, sin embargo, sin la política pública adecuada puede llevarlo al fracaso. Eso es lo que está viviendo Taganga en este momento y aquí va nuestra percepción.

Por las polvorientas calles tagangeñas es común encontrarse rostros de pescadores que guardan en su mirada la nostalgia de la antigua villa que no era frecuentada más que por sus familias y sus vecinos. Sin embargo, así como llegó el turismo y la bonanza de viajeros, llegó la prostitución la inseguridad y la venta de droga. Una fiesta sin fin ancló el barco de algunos viajeros que se dejaron seducir por noches sin control.

El presente es complicado, las calles empiezan a ser recorridas por miradas perdidas y rostros multinacionacionales hambrientos de droga y fiestas descontroladas. A las 2 am un joven de unos 30 años, proveniente del sur del continente, que no tenía más que una percudida camiseta, una pantaloneta con un color teñido por la mugre y una trompeta toca tonadas sin sentido. Sus pies descalzos para caminar las calles donde le toca ver ocultar la luna y saludar el sol.

Por esas mismas calles también es común ver extranjeros que se dejaron cautivar por el humo de lo ilícito, que para ellos posiblemente es el cielo, pero cuando calla la música y se acaba el fuego comienza el infierno.

Es común ver letreros pintados a mano con la palabra hostal en varios idiomas en casas que antes eran para el negocio del pescado, pero ahora de puertas para adentro la fiesta día y noche y el consumo de droga es su producto estrella.

En nuestra visita fugaz pudimos hablar con algunos lugareños para conocer su percepción sobre el turismo y encontramos sentimientos encontrados. Por un lado es una fuente de ingresos que les ayuda a sopesar la escasez de peces y por otro es el yugo que acaba con la seguridad y tranquilidad del pueblo.

Este tipo de cambios son los que asustan a la gente. Taganga sigue siendo en su corazón ese pequeño pueblo en dónde la vida de niños, jóvenes y ancianos aún se resiste a dejar la paz y tranquilidad que se vivía en épocas pasadas. Ese derecho que tienen los pobladores no se los podemos arrebatar nosotros y debemos velar porque lo tengan.

Taganga para nosotros es un paraíso. Este hermoso lugar tiene todo para ser el destino perfecto en dónde el turismo y los pobladores vivan armoniosamente y se aprovechen el uno del otro. Somos nosotros, los habitantes fugaces, los que debemos llegar para mejorar la calidad de vida de las personas que con tanto cariño nos abren sus puertas.

Los invitamos a que visiten este paraíso, recorran sus calles y disfruten de su vida nocturna, siempre pensando en que nosotros vamos y volvemos pero sus habitantes quedan y tienen que vivir día a día la llegada de nuevos viajeros.

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