Una sucursal del pacífico en Putumayo

Varios tabacos han de consumirse entre Barbacoas, Nariño y Puerto Limón, Putumayo. Se ha de atravesar el macizo colombiano y descender a la selva amazónica, con todas las implicaciones que esto pueda tener. Quizás la travesía tomaría varios días caminando por inmensas montañas, bajo las inclemencias normales de un clima inestable y que por momentos puede ser opresor y castigador.

Desde el Pacífico cruzaron cientos de personas hacia el interior. Barbacoas exportó buena parte de su recurso humano hacia el Putumayo, más exactamente hacia un pueblo bañado por el río Caquetá y el río Mocoa en las estribaciones de la región amazónica.

Las razones son muchas: conflicto armado, búsqueda de nuevas oportunidades, el oro negro, las multinacionales, la minería ilegal, el despojo, etcétera. En resumidas cuentas, por las dinámicas normales que se han presentado por más de 70 años en el sur de Colombia y han convertido a este territorio en una suerte de torre de babel cultural.

Cinco calles tiene Puerto Limón desde su extremo oriental, hasta el occidental y tres de norte a sur. El oro negro, el petróleo que pasó de ser amigo a verdugo, es el que mueve la economía de esta inspección. Gran Tierra Energy, una empresa ubicada a seis mil novecientos veintiún kilómetros de Puerto Limón, en Alberta, Canadá, es la encargada de succionar el fluido viscoso que se encuentra debajo de esta selva colombiana. 

Se podría pensar que el sueño de vivir del petróleo fue lo que llevaría a las primeras familias afro a asentarse en un territorio Inga. Sin embargo, no fue así. La gran cantidad de oro que había en los ríos fue lo que animó al afro a llegar a Puerto Limón.

El pueblo inga es un grupo quechua cuyos territorios abarcaron en algún momento regiones peruanas, bolivianas, ecuatorianas y colombianas. Comunidades agro militares que se fueron desplazando hacia el norte y que hoy en día se ubican en los departamentos de Cauca, Nariño y Putumayo.

Pai mamita, gracias en inga, fueron las palabras más comunes que flotaron durante la conversación con doña Laurentina. De 82 años de edad y una estatura de un metro con cuarenta centímetros, la mayora inga vive en una pequeña casa de madera muy coherente con las construcciones ancestrales y su forma de ver la vida. 

De su fogón humeante se levantan olores de cocina indudablemente indígena. El espacio conspira para tener una escena cinematográfica en frente nuestro. Los rayos de sol que penetran la habitación golpean las espirales de humo, tomando rumbos desordenados.

Aunque conserva su lengua indígena, a doña Laurentina se le dificulta recordar algunas palabras. Ella es una de las pocas personas que aun la hablan. Es lo poco que ha quedado de la fuerte evangelización que aún sigue acabando con pueblos enteros de indígenas en la amazonía. 

En la otra esquina de Puerto Limón está sentada doña Flora, su vestido es largo, de color azul aguamarina y amarillo. Ella es una negra con sabor a cantaora. Llegó a Putumayo porque había oro, mucho oro.

Con la vos ronca por un catarro aun no finalizado, interpreta algunas de las canciones que cantan en los festejos y en los funerales. La acompañan dos de sus vecinas y la profesora Nelly. Todas pertenecientes a la comunidad afro de la inspección. 

Puerto Limón se parece a Barbacoas en que tiene una amplia comunidad afro, en que en los dos hay humedad y están en la selva. Por momentos nos sentimos en el Pacífico, es como si hubieran recortado en pedazo de Nariño y lo hubieran pegado en Putumayo.

Mientras nos embelesan con los cantos la imaginación vuela al mar, al biche, al tapado de pescado.

puerto limon putumayo

Doña Laurentina no está muy convencida de que la llegada de las comunidades afro haya sido beneficiosa, tampoco la llegada del hombre pálido. Para ella, el choque cultural ha sido muy fuerte. Siente que dentro de poco se perderá la comunidad inga, cada vez más dispersa, cada vez más occidental

Puerto Limón es un triángulo amoroso entre indígenas, afro y canadienses. Los últimos solamente representados por una empresa, no creo que lleguen canadienses hasta estos parajes.

Ahora el turismo quiere arrebatarle al petróleo el protagonismo, y la comunidad, con dudas, gatea expectante hacia éste. El oro negro, como en el resto del país sólo ha traído destrucción y pobreza. Las regalías no se ven y la naturaleza es saqueada sin compasión. El turismo comunitario se abre como una alternativa para dinamizar las economías de los habitantes de Puerto Limón, para ver si entendemos algún día que las riquezas de Colombia están encima de su suelo y no debajo de éste.