Vamos a acompañar la construcción de una emisora en la selva

Una pequeña avioneta de un sólo motor despegó, con dificultad, de la pista del aeropuerto Jorge Enrique González en San José del Guaviare, cargada de todo tipo de mercancías y cuatro tripulantes. En el marco del Paro Nacional, las avionetas intentaban llevar la mayor cantidad de abastecimiento posible, quizás por esto se le notaba perezosa para alzar vuelo. Una vez logró ganar la suficiente altura, ubicó la trompa con rumbo hacia el sur. El piloto, un joven de unos 35 años, giró una pequeña perilla y se santiguó, quizás de igual forma que lo haría las tres a cuatro veces que elevaba su máquina al día para llegar a diferentes caseríos incrustados en la selva amazónica. En esta oportunidad el destino sería la entrada del Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete.

No habíamos alcanzado a estar por más de cinco minutos en el aire y ya se empezaba a ver el inmenso tapete verde; tan misterioso, tan exuberante, tan poderoso, tan expuesto al ser humano, y por algunos momentos, sobre todo al inicio del vuelo, tan golpeado y abusado. El ruido del motor imposibilitaba la comunicación fluida entre los pasajeros, por esto la concentración se dirigía por completo a la ventanilla de cada uno. Los ríos de neblina, los de agua y la espesa maraña, creaban una pintura de pinceladas divinas.

Es inevitable, cuando se observa la selva desde arriba, tratar de imaginar qué hay dentro de ella. Cuántos animales, seres, plantas, mundos, ecosistemas. Piensa uno en el desconocimiento que aún tenemos sobre ella y la estamos destruyendo.

 

El piloto no paraba de enviar mensajes desde su teléfono. Debe ser tan monótono y tan repetitivo ese viaje para él, que prefiere sucumbir ante los embelesos de los millones de pixeles de una pantalla y perderse la obra de arte que tiene al frente.

Cuarenta y cinco minutos toma la avioneta para llegar a Miraflores, el último municipio al sur del departamento de Guaviare. Desde el cielo, a una altura de unos 200 metros, se alcanza a divisar por completo el casco urbano y el río Vaupés que serpentea por uno de sus costados. La pista de aterrizaje no es asfaltada y en épocas de invierno aterrizar se convierte en un rally, con derrapes y adrenalina.

Durante el viaje estuvo rondando mi cabeza qué sentirían las comunidades más aparatas de la selva al poder escuchar en la radio los eventos y noticias de su territorio. ¿Quiénes serían los oyentes? 

No es la primera vez que Miraflores intenta tener una emisora. Ya en el pasado, en uno de los momentos más crudos del conflicto armado interno, la comunidad lo había intentado. Sin embargo, las FARC decomisaron los equipos y prohibieron su funcionamiento por diferencias en la línea editorial de la misma.

Miraflores ha enfrentado en carne propia el conflicto armado. La ley y la justicia ha venido cambiando de mando durante el tiempo. Por años ha gobernado la guerrilla y por otros el Estado. Aunque en este momento la presencia de un batallón al norte del pueblo nos llevaría a pensar que es el Estado quien ejerce el control, lo cierto es que aún el municipio tiene dinámicas controladas y reguladas por los grupos no firmantes del acuerdo de paz con las FARC. 

Una de las figuras de representación más importantes de los municipios en Colombia y uno de los espacios de concertación de mayor relevancia es la Junta de Acción Comunal. Allí los habitantes discuten y analizan las problemáticas del municipio. 

Don Fidel Rojas, hombre de mediana estatura, unos 50 años de edad, bigote, ojos pequeños y expresión facial seria, es el encargado de traer el sueño de una emisora comunitaria al corazón de la selva. Siendo presidente de la asociación de las Juntas de Acción, es el encargado de encabezar este reto. 

A las dos de la tarde la selva expulsa humedad y el sol calienta la atmósfera creando un contexto difícil para el trabajo. La selva, dejando a un lado el racionalismo heredado de la ilustración occidental, es un todo absoluto y a la vez millones de todos relativos que conforman un ser supremo con poderes. Ella tiene la capacidad de acogerte o rechazarte. A muchos de los que viven aquí, desplazados del interior del país, les ha tocado luchar contra ella, la mayoría ha caído a sus pies.

Es inevitable pensar en las miles de historias que ha presenciado este territorio. En una cafetería con vista a la pista de aterrizaje está sentado un vecino del pueblo, don Alex Mosquera. Él ha sido maestro de obra en Miraflores durante los últimos veinte años. Ha tenido que ver un bombardeo allí, otro allá y otro más allá. Una volqueta con muertos por aquí, otra por acá. Dos tomas guerrilleras y dos retomas del ejército. Mejor dicho, le ha tocado vivir el conflicto armado en carne propia.

La misión que vinimos a cumplir es clara, clarísima. Difícil, pero definitivamente clara. Gracias a Territorios de Oportunidad, un programa de ayudas de cooperación internacional, se logró articular el sueño de la comunidad. Nos llamaron a nosotros, nos preguntaron, nos comprometimos, aceptaron y ahora estoy sentado en una cafetería, a treinta y cuatro grados Celsius y una humedad de noventa y ocho por ciento, hablando con un hombre, que acabo de conocer, sobre el pasado, el presente y el futuro de un pueblo incrustado en la selva y guardián del parque natural más importante del mundo.

El hotel Vaupés está justo al frente del río con el mismo nombre. El majestuoso e imponente afluente, en este punto de su recorrido, tiene unos 300 metros de ancho. Aprovecho la hora de almuerzo para sentarme en el muelle a reflexionar sobre lo escuchado. Justo al frente de mí está la selva exuberante, desafiante y seductora. Pienso que alguien debería contar las historias de Miraflores, que el mundo las debería conocer. Pienso en Germán Castro Caycedo, en su novela-crónica “Perdidos en el Amazonas” y en cuántas cientos de historias similares tendrían cada una de las personas que había saludado ese día. Es que el que esté viviendo en Miraflores alguna historia interesante debe tener. 

 

Al lado del hotel se encuentra el cuartel de la policía. Qué peligroso esto, pienso, mientras veo salir de la estación a un policía a medio uniformar con una caña de pescar y un perro pastor alemán que lo sigue. No debería ser permitido ubicar a las fuerzas armadas cerca de la población ya que la pone en un riesgo innecesario.

Una emisora, para la mayoría de los mortales, no tiene mayor importancia. En una ciudad como Bogotá, pueden estar al aire unas 40 emisoras diferentes, la mayoría hablando chachara. Pero, si nos detenemos a pensar, una emisora en la mitad de la selva adquiere una importancia inmensa. Puede convertirse en el eje articulador de la población, en el espacio de construcción y reconstrucción del municipio, en un recinto de pensamiento y de participación.

Repartidas por el Vaupés se encuentran diferentes comunidades hasta llegar a vecino departamento que lleva el nombre del río. Esas personas, completamente incomunicadas, serían las principales beneficiadas de una emisora. Para llegar a muchas de ellas se gastan hasta dos pinpinadas de gasolina, más o menos dos millones de pesos cuesta viajar entre comunidades lejanas y el casco urbano.

Al parecer hoy la pesca no estuvo buena para el policía. Me pregunto qué debería tener el lugar más bello del mundo. Esto es un concepto bien subjetivo, pero creo debería ser universal. Un río, muchos árboles, animales y en general, paz. Hay personas que son más dulces que otras para los mosquitos, de eso no tengo duda alguna. No me incomodan los mosquitos, así que no los sacaría de mi concepción de edén. El río, aparentemente muy calmado en este trayecto, refleja a esta hora del día un sol ya cansado de un día extenso de trabajo. Las nubes también juegan parte importante de la pintura celestial que esta vez ha usado el río como lienzo.

Miraflores si hay señal de telefonía celular. En la mitad de la pista de aterrizaje se pueden hasta enviar mensajes por Whatsapp. La comunicación debería ser un derecho fundamental protegido. El acceso a la información es un elemento indispensable para el desarrollo de una comunidad que está aislada y que por voluntad propia ha decidido no estarlo.

Los primeros mensajes que salen de mi dispositivo móvil hacia el exterior, después de 10 minutos de espera, tienen éxito en la entrega. El triunfo se celebra por el equipo como se celebraría un gol en el minuto noventa, en una final de un partido de fútbol. Creo que sin decirlo todos en ese momento comprendemos que el envío de un mensaje de texto es una acción simple pero indispensable.

Definitivamente una de las primeras tareas de la emisora comunitaria será lograr realizar el lobby necesario para que el operador de la red celular instale una red de Internet más potente. Por ahora tendremos que trabajar con lo que hay.

Don Javier Armando Corredor, rector del Instituto Educativo Francisco de Paula Santander ubicado en la vereda de Buenos Aires, me cuenta que en los años noventa llegaban a Miraflores cerca de 60 vuelos a la semana. En las calles se aglomeraba el pueblo y el dinero no se contaba, se pesaba. Era una de las consecuencias de la bonanza de la coca. Es una historia que se debe conocer. Advierte él, que por la coca comió gran parte de Colombia sin saberlo.

Hace un tiempo existió una carretera que comunicaba a Miraflores con el resto de Colombia. Había sido hecha por las comunidades y los llevaba hasta Calamar, Guaviare, en 5 a 7 horas. Al ser un área natural protegida, un juez la declaró ilegal y prohibió su uso. En este momento se la ha comido la maraña.

Al unir los hilos de este mapa y tratar de entender por qué Miraflores se ha convertido en un municipio cocalero, la respuesta es falta de oportunidades. No me imagino lo que se tendría que hacer para sacar un bulto de yuca, y lo que costaría.

Nuevamente entiendo a la emisora comunitaria como una luz al final del túnel. Para don José Beltrán, secretario de la asociación de Juntas de Acción Comunal, la emisora tiene que ser ese medio de participación que le muestre al mundo la verdadera cara de Miraflores, el municipio que vive dentro de la selva.

 

Implementador en el contexto de la cooperación internacional es el grupo de personas que ejecuta un programa. Lastimosamente el asistencialismo es una de las prácticas que más daño ha ocasionado en los territorios vulnerables del mundo. Sumado a esto, nos hemos percatado que muchos Implementadores se cazan con el objetivo de diligenciar listas, más no de cambiar realidades y generar verdaderas oportunidades. CaminanTr3s tiene una forma diferente de pensar, no somos implementadores, somos co-constructores de realidades, inspiradores de empoderamiento y emprendimiento territorial. Somos amigos, aliados, del pueblo y para el pueblo. Aquí comienza un nuevo sueño, construir una emisora en la mitad de la selva más espesa del mundo.