Del estero al morichal

Un inmenso tapete con diferentes tonalidades verdes se extiende sobre el horizonte, el mar verde no cansa la vista, son las 14.00 horas y el sol no da tregua sobre el techo del carro. El silencio invade la locación cuando de repente un “zumba que zumba” de unas maracas irradian el sabor de los Llanos Orientales de Colombia. El primer grito de un criollo sobre la pista que ya incluye el arpa estremece los sentidos y crea un vacío; esa mágica sensación que muchos llaman “mariposas en el estómago”.

Al llano le entramos por su puerta grande. Nuestro primer destino en este viaje en el que quisimos conocer los Llanos Orientales fue Villavicencio. Famosa por su carne, el festival del joropo y sus magníficos paisajes propios del piedemonte llanero, la capital del Meta está ubicada a poco más de 130 kilómetros de Bogotá.

Llegamos al hotel después de atravesar por túneles y subidas la cordillera oriental de Colombia. Hacía calor pero las ganas de salir a conocer fueron más fuertes. Lo primero que hicimos fue ir a la plaza central, la de los libertadores. En ese lugar se reúnen niños y viejos para disfrutar de un vaso con mango biche, limón, sal y pimienta.

“El llano es el estero; en donde está el venado, el chigüiro y el caballo, eso es el llano”. Esas fueron las palabras de un vendedor de obleas y sería nuestro primer acercamiento a conocer el significado de esa tierra. En la noche disfrutamos de la piscina del hotel y de una cerveza, discutimos sobre el día siguiente, la emoción se notaba.

Muy a las 6 de la mañana ya estábamos listos para iniciar el día. Nos encontramos con Don Nelson, él nos enseñaría su querida puerta al llano. Nos subimos a su camioneta 4×4 para empezar la aventura. Ya el carro estaba ambientado con música llanera propia para la situación. Pasamos el río Guatiquía y después de 10 minutos llegamos a nuestra primera parada: el parque Los Ocarros.

Este parque ecológico tiene una de las muestras de animales llaneros más grande de Colombia. Sin embargo, no es un zoológico. A este lugar llegan especies que han sido víctimas de tráfico de fauna para ser recuperadas y posteriormente liberadas. Entre los animales más exóticos está un ocarro que es un armadillo muy grande, caimanes, primates y un jaguar.

Después de la visita al parque llegó uno de los atractivos más esperados, el almuerzo. Esta vez era bastante importante para nosotros ya que comeríamos una de las comidas más reconocidas de Villavicencio y sus alrededores: la mamona. Este plato se trata de un pedazo de carne acompañada con yuca, papa, plátano y guacamole. Su nombre se debe a que es de una ternera que todavía está mamando.

La temperatura ya rondaba los 27 grados Celsius, la carne llegó acompañada con una cerveza bien fría. De fondo golpeaba una canción llanera. Fue más o menos 1 hora comiendo. Claro, entre la charla tan amena con Don Nelson, la cerveza y la buena música el tiempo pasó rápido. Era hora de dejar ese paraíso gastronómico y seguir nuestro camino.

Nuestra ruta debía seguir pero Nelson nos tenía preparada una sorpresa, seguiríamos comiendo. La siguiente parada fue una repostería, allí pedimos dos postres que serían la tapa, ya no podíamos meterle más comida a nuestros estómagos.

El sol ya empezaba a caer, por eso debíamos ir a un lugar en donde se pudiera ver de una manera formidable el atardecer llanero. Subimos hasta un lugar llamado el mirador en Restrepo. La inmensidad del llano volvía a llenar nuestra visión, el horizonte parecía no tener fin. El sol empezó a ponerse en el oriente y su paso dejaba un color rojo que iluminaba toda la sabana. Entre más caía más rojo se tornaba. Estábamos obnubilados con el resplandor que emitía el sol y el fuerte color que iba dejando en la llanura cuando de repente Don Nelson sacó su cuatro. Este instrumento es parecido a una guitarra pero un poco más pequeño. Se sentó en una piedra y lo tocó con tanta fuerza que nuevamente la música jugaba el papel más importante del día. Interpretó lamento guaiquerí y otras dos coplas más. <<…De ella fuimos 7 hermanos pero uno ya murió…>> Nadie pronunciaba palabra alguna que tuviese el irrespeto de interrumpir ese momento sagrado, ese clímax que la música estaba teniendo con el sol. Ellos en ese momento bailaban al unísono.

La noche había llegado y nuestros cuerpos pedían descanso. Antes de irnos para el hotel queríamos pasar por una tienda de pan de arroz, famosas en esos lares. Fuimos a una fábrica de una señora que lleva más de 50 años en el negocio, ella inició vendiendo con un canasto por las calles. Pedimos que nos trajeran del duro y del fresco, los dos estuvieron exquisitos. Finalmente llegamos al hotel dispuestos a tomar un baño en el jacuzzi y a dormir.

Nuestro día inició a las 6 de la mañana, debíamos partir temprano porque el viaje sería largo. El recorrido que nos esperaba era de 260 kilómetros y había un puente en reparación. Arrancamos a las 7.30 horas después de un desayuno, como decimos aquí, bien trancado. La carretera casi todo el tiempo va por al pie del piedemonte entonces encuentras tantas curvas como rectas que parecen interminables. Todo el camino escuchamos joropo altanero, de ese en el que pareciera que se va a reventar el arpa o romper los dedos el arpista.

Llegamos a Yopal a las 14.00 horas, había sido un viaje bastante largo y nos retrasamos 1 hora porque en donde estaban arreglando el puente nos retuvieron. Este día queríamos terminarlo más relajado por dos razones; la primera era que estábamos agotados por el largo viaje y la segunda que la mañana siguiente debíamos levantarnos temprano para ir, como dicen por allá, llano adentro cuñao’. Salimos a dar una vuelta corta y regresamos al hotel para cenar y a dormir.

El sol iluminó la habitación a las 6. Debíamos levantarnos y salir conocer el llano profundo. Don Leandro, quien tiene una finca llamada El Paraíso, ya nos esperaba. Anduvimos aproximadamente por unos 45 minutos como si estuviéramos tratando de encontrar el fin del llano. Nos recibieron Doña Canela y Don Miguel, dos criollos que como dice la canción no toman caldo de lengua para decirle verdades a cualquier sute de escuela.

Empezamos desayunando allí y después nos fuimos a ordeñar. Don Miguel se sentó en una pequeña banca. Con delicadeza tocó cada una de las tetas de la ubre de la vaca, le cantaba para tranquilizarla. Sólo cuando don Miguel cantaba se le lograba entender el 100% de lo que decía, cuando hablaba lo hacía tan rápido que se dificultaba entenderle.

Llegó el momento más esperado del día, la cabalgata. Aperamos los caballos entre todos y los montamos. Estar encima de un caballo es una sensación muy agradable. Es un animal noble e inteligente, sabe que te puede tumbar pero también sabe que no todos se dejan tumbar. Dependerá de ti que el animal se comporte de una u otra forma.

Empezamos a andar por la sabana y la brisa golpeaba nuestros rostros. En los esteros las garzas tomaban agua. El galopar de los caballos retumbaba en los oídos: taca, taca… taca, taca… taca, taca. La voz de Don Miguel se alzó para entonar una copla. Su cantar hablaba de los caballos, de las sillas, de los rejos y el ganado. Nos invadía un sentimiento acogedor difícil de explicar. Después de 1 hora de recorrido paramos para tomarnos una refrescante cerveza. Ahora quien cantaba era Don Leandro. Seguimos nuestro camino y nos adentramos en un bosque que por momentos era tan tupido que sólo veíamos a quien iba enfrente de nosotros. Ni los mosquitos que nos invadían de una forma impresionante y nos picaban, incluso por encima del pantalón, lograban quitarnos la sonrisa de la cara.

Después de alrededor de 2 horas terminamos el recorrido, una experiencia mágica. Almorzamos sancocho de gallina con arroz, yuca y una cerveza, el calor hacía que se ameritara. El día estaba próximo a terminar y nos quedaba uno de los momentos más placenteros de todo el día.

Don Miguel nos esperaba en una canoa de 60 centímetros de ancho por 3 metros de largo. Él se encontraba sentado en el extremo. En su mano descansaba un remo. Haríamos un recorrido de 30 minutos por un río lleno de babillas y cuanto animal se puedan imaginar. La canoa empezó a avanzar río arriba, a los lados la más espesa selva de donde provenían ruidos de diferentes animales, era un ambiente espectacular. Don Miguel nuevamente deleitaba nuestros oídos con su música. Recuerdo que decía <<en el garcero una garcita está cantando y un canoero río abajo va pasando, lleva en sus frases un amor que lo ha olvidado>>.

El día acababa con la voz de Don Leandro en un atardecer mágico. CaminanTr3s esta experiencia esperamos ustedes también la hagan, les prometemos que no se van a arrepentir. Sentir la vida de un llanero, de un criollo te deja mucho más de lo que piensas. No te pierdas esta aventura!

 

Para ver los videos sigan los links.

Villavicencio día 1 y 2

Yopal día 1 y 2 

 

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