¿Conocen el pueblo en Colombia en dónde se baila por 16 horas seguidas?

Somos fiesteros, rumberos, dicharacheros, amigables, amables, recocheros y nos gusta pasarla bien.

Hay una canción que ha pegado mucho y que no pasa de moda. Octavio Panesso, maestro de la música chocoana, logró sintetizar en una pieza musical toda una cultura, el sentido que tiene para el Pacífico la vida y su interacción con el entorno. En esa composición el chocoano invita a sus amigos a su casa, la que construyó con sus propias manos, a que la disfruten, la bailen y la gocen.

Harían falta unos buenos años de estudio sobre la cultura del Chocó para poder explicarla en un artículo. Esto es sólo una pequeña y estrecha descripción de lo que vivimos en el pueblo en el que se baila por 16 horas seguidas.

¡La vamo a tumbá! dice Panesso. Y la tumban, o por lo menos esa es la intención. Año tras año las fiestas de Beté, cabecera municipal del Medio Atrato, culminan en la casa de un habitante del pueblo, la que sea, o mejor, la que escoja la Junta. Eso sí que tenga un buen salón y que el piso no sea resbaladizo. Esa noche, la planta que brinda electricidad, queda prendida hasta el otro día.

La fiesta está hecha para que abuelos, padres e hijos disfruten de 16 horas de música sin parar de bailar. Aquí lo que hay es sabor, desde el más joven hasta el mas viejo tiene la actitud.

La casa se empieza a llenar. Biche, vinete y aguardiente Platino. Que si se cae, que se caiga la casa, pero esa noche va para largo. Aguardiente pa’ todo el mundo.

Los músicos afinan instrumentos y el público calienta garganta. Se hace una ronda de sillas al rededor del salón.

Suena el saxofón y el clarinete es su cómplice. Retumba la percusión. Los platillos coquetean con el trombón y crean la melodía que zarandea cinturas y hace despegar los pies del piso. Aquí se agarra pareja sin distingo de edad, sexo o color de piel. De mano en mano va el licor y nadie deja de moverse. El ritmo de la música rompe el silencio de un pueblo sin carros.

Las raíces y costumbres inundan las venas del chocoano como el río Atrato inunda la rivera de sabor y ancestralidad.

La chirimía, un fenómeno cultural que anestesia el cansancio de la gente linda, hace mover el cuerpo hasta ver salir el nuevo sol, cuando el clarinete vuelve a esconder su melodía hasta la próxima ocasión.

Comments

comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *