Cuando las nubes se acercan se acerca el cielo.

Por un momento, antes de empezar a leer el segundo párrafo de este artículo, cierra los ojos. Imagina que estás sumergido en lo más profundo del caos de una ciudad, tus oídos si apenas alcanzan a percibir la brisa. Todo es confuso, bocinas de autos, carteles que contaminan tu visión con comerciales tan agresivos que tu cerebro apenas es capaz de procesar. La gente grita como desesperada y los que no gritan lo hacen en silencio. Todo pasa tan rápido que quieres correr, escapar así sea por un minuto de tanta irritación.

Ahora te queremos trasladar a un mundo de perfección. La niebla te rodea. A pesar de no lograr ver más allá de un metro sientes una paz completa. Tu cuerpo está ahí, presente. Pero tu cerebro, esa parte tan importante de ti, capaz de reproducir millones de pensamientos y llevarte tan lejos como quieras, no está. Se ha elevado a otro mundo, al de la imaginación. Él se pregunta qué habrá detrás de la espesa bruma, nadie contesta.

Esa fue la sensación que vivimos cuando llegamos al Parque Natural Chicaque. De la niebla salió un tipo de estatura media. Su pelo era corto adelante pero largo atrás. Nos saludó con una bienvenida seguida de una sonrisa de amabilidad que nos sirvió para entender que estábamos en las mejores manos. Su nombre es Ernesto Lamy, uno de los guías con los que cuenta el parque. Aunque no conocimos a más guías, sospechamos que él es el más especial de la reserva, así nos lo pareció.

    –  Los invito a que pidan un deseo antes de entrar. Nos propuso Ernesto.

Le seguimos sin entender muy bien de qué se trataba. Después de subir unas escaleras, antes de un gran portón, había un letrero con una campana. Debíamos leer la inscripción allí plasmada, pedir un deseo y en seguida tocar la campana tan fuerte como anheláramos el deseo, o por lo menos así le entendimos.

“Cada campana que suena lleva un deseo, cuando las nubes se acercan se acerca el cielo” y BAAAANG.

Nuevamente nos vimos persiguiendo a Ernesto, por su caminar rápido entendimos que sería una jornada larga. Bajamos unas escaleras y nos encontramos con una puerta gigante. En la parte superior un letrero nos anunciaba la entrada al parque, parecía la entrada al paraíso. Sabíamos que iniciaríamos un largo descenso, por esto hicimos unos cuantos ejercicios de estiramiento antes del comienzo.

Después de atravesar las barandillas que dan inicio al recorrido quedamos boquiabiertos. De repente estás enfrente de una gran inmensidad de planicies y montañas. Sin saberlo nos encontrábamos en un mirador que te permite tener una vista de 180 grados y ver a kilómetros de distancia el horizonte. Nos sentimos en un cuento de hadas. Después de no lograr ver si quiera a un metro de distancia, la puerta al paraíso había abierto nuestros ojos para deslumbrarnos con derroche natural.

Iniciamos el descenso casi a un desnivel de unos 30 a 40 grados. Entre más bajábamos el bosque dejaba de sentirse bosque y empezaba a parecerse más a una selva. Quizá lo sentimos así por la cantidad de vegetación y animales de todo tipo. Nuestros oídos danzaban con una mezcla de sonidos que nos dejaban tontos por minutos. Ya no existiría, por lo menos por dos días, el ruido entorpecedor de la gran ciudad.

Seguimos bajando, ya la temperatura no era la misma. A pesar de haber empezado con unos 10 grados Celsius la baja altitud la había hecho aumentar por lo menos a los 20 grados, y si a eso le sumábamos el cansancio y la cargada de los equipos, ya estábamos sudando.

Llevábamos más o menos una hora de camino. Juramos que los estómagos parecían hacer más ruido incluso que pájaros, viento y riachuelos juntos. Ernesto lo vio en nuestra cara, o por lo menos eso suponemos. De su bolsillo sacó unas galletas Festival, fue como ver un plato lleno de comida. Nos acordamos del comercial de Snickers, nos sentíamos tal cual. Una galleta para cada uno, el dulce nos hizo volver a tierra.

Todavía nos quedaba lo que llevábamos; claro tienen que entender que grabando y con equipos el trayecto puede hacerse más largo. Llegamos a un lugar que le dicen “La Gruta”. Como si estuviera todo planeado cada lugar nos asombraba más que el anterior. Este sitio era impresionante. Se trataba de una pequeña meseta rodeada de montañas. Podríamos habernos quedado una, dos y hasta tres horas contemplando las montañas y meditando.

El camino seguía y no había tiempo para más demora. Entre árboles que con sus ramas rozaban nuestras cabezas y los sonidos de la naturaleza seguíamos cruzando el parque. Eran casi las 3 de la tarde cuando por fin se dio el tan esperado anuncio.

    – Les quiero dar la bienvenida a Refugio. Nos informó Ernesto.

En una planicie del tamaño de más o menos una cancha y media de fútbol se levantaba una casa parecida como a un chalet gigante, al frente había unos baños ecológicos y a un lado un restaurante. En esta casa caben aproximadamente unas 40 a 50 personas.

Después de haber descargado los equipos y tomarnos una limonada que nos refrescó, empezamos a recorrer el lugar. Ernesto nos realizó un recorrido en el que nos explicó uno a uno cada rincón de este paraíso protegido por montañas. Sin duda alguna una de las cosas que más nos gustó fue el nido, el cual consiste en una casa incrustada en la cima de un inmenso árbol.

Ya empezaba a caer la noche, hablamos de todo un poco con Ernesto, de las actividades que realizaríamos y nos brindó información sobre la reserva natural. Antes de ir a dormir todavía restaba una actividad más, quizá la más emocionante de ese día. A las 8 de la noche debíamos salir a hacer un recorrido por un bosque de robles para hacer avistamiento de micos.

Salimos del chalet cada uno con una linterna y empezamos a desaparecer entre el espeso bosque. Debíamos caminar al menos 2 kilómetros en la obscuridad y rodeados de maleza. Habíamos caminado por aproximadamente 5 minutos cuando tuvimos nuestro primer encuentro con los pequeños primates. Muy cerca de nosotros se escuchaba el aullar y el movimiento de las ramas de los árboles. Aunque no los pudiéramos ver sabíamos que ellos sí a nosotros. Seguimos caminando para ver si más adelante podríamos tener un encuentro más cercano. Después de un recorrido de más o menos una hora debíamos regresar, a pesar de que no habíamos podido ver más micos, sí habíamos visto otros animales entre los que destacamos una larga babosa de colores impresionantes.

Un nuevo día había llegado y estábamos puntales a las 6 de la mañana listos para iniciar las actividades. La primera se trataba de una caminata que nos llevaría a una cascada. No había tiempo de desayunar así que arrancamos. Para llegar hasta la caída de agua hay que internarse en el bosque en un recorrido de aproximadamente una hora. Pasamos entre animales y mucha agua, subidas, bajadas, un viaje extenuante pero con una buena recompensa al final. Por fin escuchamos la caída del agua. Ernesto llevaba un tarro, recogió agua directamente de la caída y nos brindó, fue cómo volver a vivir.

Llegamos nuevamente a Refugio, eran las 10 de la mañana y el desayuno nos esperaba. Después de una deliciosa comilona nos fuimos a realizar la actividad más esperada de todo el recorrido: la tirolesa. Ésta consiste en botarse por un cable de más o menos unos 350 metros de largo, una altura máxima de 100 y con una velocidad aproximada de 75 kilómetros hora. Sin duda alguna una experiencia única.

El día se acababa y sólo nos quedaba una actividad más por hacer: la subida al pico del águila. Para llegar hasta allí tienes que caminar una hora y media en una subida constante. A cada paso que dábamos sentíamos que no podríamos llegar. Ernesto nos alentaba diciéndonos que no nos arrepentiríamos cuando llegáramos al esperado lugar. Efectivamente el último tramo de camino fue de ensueño. Pasamos por un estrecho cañón entre rocas gigantes y después de una pequeña escalada llegamos a la cima. Nuevamente estábamos ante una vista que nos dejaba atónitos. Una piedra plana de unos 5 metros de largo por 4 de ancho se convertía en un perfecto balcón natural, al fondo el abismo y en el horizonte el nevado del Ruíz.

Con esa vista nos despedía Chicaque, el parque que se siente selva a tan pocos kilómetros de Bogotá.

¡Aquí te dejamos el video de esta gran aventura!

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