El reto más difícil de CaminanTr3s, la cima del Cocuy

Nevado del Cocuy

Son las 5 de la mañana y el cielo está negro aún. Pronto saldrán los primeros rayos del sol que encenderán el resplandor sobre la nieve que aún le queda al Cocuy.

Me toco la nariz porque aun duele. No sé qué hora era, pero recuerdo que lo único que tenía descubierto esa noche era la nariz. Me despertó un dolor intenso en el tabique. Me llevo la mano a la cara y pareciera que estuviera tocando un hielo. Me arropo hasta los ojos y sin más remedio trato de conciliar el sueño. Sueño con lograr subir a los casi cinco mil metros sobre el nivel del mar en donde se ubica la Laguna Grande de La Sierra. El nevado del Cocuy nos espera y debemos estar bien dormidos y descansados para una caminata que durará todo un día.

Fue una decisión acertada haber ido a caminar, ocho días antes, por el páramo de Chingaza, donde yace el agua para Bogotá. Si no hubiéramos ido a aclimatarnos y a poner a trabajar los pulmones, difícilmente estaríamos respirando aquí: en el municipio de Guicán, uno de los dueños de la Sierra Nevada del Cocuy, Guicán y Chita, nombre completo del Parque Nacional Natural que hoy conoceremos.

Ahora sí está a aclarando la mañana. La nieve que se ve en la cúspide de la montaña empieza a tomar tonalidades rojas y naranjas. Eso ya valió la pena. No podría negar que todo el tiempo en mi cabeza retumbaba la pregunta: ¿Seré capaz de subir? Eso solo lo sabremos en unas cuantas horas, cuando el viento esté atacando de frente el ímpetu de alcanzar la cima.

 Si alguna vez pensé en un lugar que nunca conocería, ese era un nevado. Solo los veía por la televisión y pensaba que quienes llegan a esos lugares son súper humanos, gente única con poderes especiales. Por su puesto, yo no tengo esos poderes. Bueno, hay uno que sí sentía tener y era la pasión latente de tomarle una foto al Nevado del Cocuy, esa era mi principal motivación.

 

A nuestro lado están Cristian Becerra y Sandro Pizzolato. El primero, nuestro gran amigo y guía de naturaleza, el segundo, un seguidor de CaminanTr3s que participó por ganar este viaje y aquí está a punto de empezar a caminar hasta el premio por el cual se esforzó en un concurso mediante redes sociales. 

Botas de buen agarre, tres capas como lo recomendó el guía, gorra, guantes, pasamontañas y un jean que me arrepentí de haberme puesto, son las prendas que llevo encima. Vamos para la nieve y de repente vienen a mi mente las películas o documentales de la gente que ha fallado en el intento por conquistar cimas como el Everest y demás míticas cumbres.

Empiezan las recomendaciones de Cristian y ahora sí que se pone más angustiosa la situación.

          Regulen la respiración. No inhalen muy duro, no exhalen tan rápido.

          Si sienten mareo, es normal, se llama mal de montaña. Si no lo podemos controlar debemos regresar.

          Lleven agua y así no sientan sed, tómenla. No mucha para no embucharse. Mojen los labios y beban lentamente.

          Pónganse gafas, los rayos UV del sol son más certeros a la altura en la que estaremos. 

          No hablen de más, guarden energía.

          No se aparten del grupo, si necesitan parar, me avisan y paramos todos.

Esas recomendaciones van acompañadas de relatos de experiencias en las cuales visitantes del parque han tenido que abandonar la misión porque a mitad de montaña empiezan a delirar, su sistema respiratorio colapsa o las piernas no responden más.

Asustado, advertido y dudoso me subo a un vehículo que acercará al grupo hasta el campamento base desde donde empezaremos a caminar. Estamos sobre las montañas de Boyacá. Siento que estamos altos, el carro serpentea por una trocha húmeda y nublada. A borde de camino se ven barrancos resbalosos que advierten que estamos alcanzando una altura superior a la cual estamos acostumbrados en Bogotá, 2.600 metros sobre el nivel del mar. 

 

El silencio en ese carro se irrumpe de vez en cuando por Cristian, quien no pierde oportunidad para darnos un dato sobre el ecosistema para el cual nos dirigimos. Como por ejemplo que los nevados en Colombia pierden cada año una porción incalculable de nieve debido al calentamiento global. Nos cuenta que de 19 nevados que había en Colombia a la fecho sobreviven 6, que agonizan. También nos cuenta que del otro lado de la cima que trataremos de alcanzar se encuentran los U´wa, comunidad indígena con una propiedad ancestral por la montaña, ellos se han opuesto al turismo, algunos dicen que por respeto al nevado, otros dicen que llevan prácticas agrícolas inadecuadas en el ecosistema que habitan. Versiones que solo podrán ser aclaradas hasta no sentarse y hablar con este pueblo que custodia este templo natural.

Ya sin una carretera demarcada, el campero disminuye su velocidad y lentamente se detiene y su conductor nos dice: “Bueno hasta aquí los traigo, de aquí para arriba a caminar ahora sí”. En este momento entiendo que no hay vuelta atrás. 

Este no es simplemente un reto personal. El peso que llevamos a la espalda de nuestras maletas con cámaras, dron y demás, nos recuerdan que el compromiso aquí es con la misma naturaleza. Nuestra misión es registrar en imágenes no solo un escenario de la naturaleza que pocos pueden conocer, sino también retratar una problemática latente que vive el nevado debido al cambio climático. Adicionalmente, no podemos omitir detalle al grabar fauna, y sobre todo la flora desconocida para nosotros que florece deliberadamente entre el páramo e incluso más arriba de éste.

Bueno, a caminar. Nos detenemos para recibir la última charla de preparación. Cristian se para junto a una señalización en madera instalada por Parques Nacionales que contiene el mapa de toda la Sierra y traza en él las rutas posibles que se pueden realizar. La nuestra es la más exigente: 6 kilómetros de ascenso vertiginoso, 6 kilómetros de descenso empinado sin mucha oportunidad para que las rodillas descansen.

Así que caminaremos 12 kilómetros, pero con una inclinación que hará arder las rodillas y pantorrillas.

El silencio es absoluto. De vez en cuando se escucha el canto de un ave a lo lejos. Lo que sí impera es el viento que rosa furioso los cerros majestuosos de piedra que rodean el valle de los frailejones. Estamos caminando por lo plano, aún. El piso se siente frágil, pareciera que estamos pisando una esponja nueva que con cada pisada emana agua en cantidades abundantes.

No hay nadie a nuestro alrededor. Aquí se nos une Lucy, nuestra guía local. Es obligatorio llevar un guía de la región que estará interpretando cada nota que la naturaleza le proporciona. Ver ese trabajo complementario de guianza entre Cristian y Lucy es armónico. Información estudiada y anécdotas propias del territorio, el mejor contexto para entretener la mente y seguir adelante con le fe de que se llegará allá arriba.

Termina el valle y empieza a inclinarse el terreno. Aquí compruebo que la mente juega un papel muy importante, es capaz de joderte o llevarte a la cima. En mi caso está cumpliendo con el primer propósito.

El pensamiento constante es: ¿para qué hago esto? ¿Qué intento demostrarle y a quién? Soy una persona sedentaria que no hace ejercicio ¿Quién me dijo que podría ser capaz se caminar 6 Km hasta un nevado?

Qué poderosa es la mente. Me podría hacer sentir cansancio y hasta darme por vencido. Creo que empiezo a experimentar el mal de montaña del que nos hablaba Cristian esa madrugada en medio de los rayos naranjas que iluminaron nuestro objetivo.

Hay fuerza para detenerse en el camino. Sacamos una cámara encuadramos y grabamos. Damos información de interés que recopilamos en la gopro. De repente un lugar majestuoso para elevar el dron y tener una perspectiva sin igual del sendero por el que caminamos.

Atravesamos el páramo hermoso pero exigente. Frailejones abuelos que acompañan la caminata nos enseñan su poder y valor, sobretodo, el de la paciencia de crecer un centímetro por año y allí están impetuosos superando incluso los dos metros de altura, calculen cuánto llevan allí en este páramo que pronto se convertirá, unos metros más arriba, en nieves perpetuas.

El paisaje cambia y las botas que rozan el piso rocoso y cascajoso atormentan mi mente. La cabeza va clavada en el piso y solo me preocupo por regular mi respiración. No quiero dañar el objetivo de todo el grupo de lograr la cima. Solo estoy pensando en qué momento empiezo a delirar. Aquí me doy cuenta de que no me tengo mucha fe que digamos, qué sorpresa me llevaría más adelante.

Entramos al lugar que se convertiría en el primer testimonio vivo de lo que ha ocasionado el calentamiento global. Un suelo completo en piedra gris que nunca había visto, bueno, pues resulta que allí alguna vez hubo nieve. No hay vegetación, no hay agua, solo cascajo inerte que sirve de antesala a la gran Laguna de La Sierra.

 

Seguimos por un terreno inclinado. A la cabeza del grupo va Cristian, quien nos anima a gastar los últimos pasos que nos quedan. El italiano Sandro se le ve fuerte y con energía de sobra, qué paradoja.

El pecho duele. La respiración cuesta. El clima es frío, pero el cuerpo está caliente. No hay que descuidarse y confiarse, la temperatura aquí sobre los 4.800 metros sobre el nivel del mar puede provocar una hipotermia si no se controla con buen abrigo.

Un paso le pide permiso al otro y ahí, finalmente, asoma su pico el imponente Ritacuba Blanco, debajo de él un espejo de agua brillante: al fin te conozco hermosa Laguna Grande de La Sierra.

Caen lágrimas por las mejillas, nos abrazamos como equipo que conquista un trofeo. No podemos olvidar a lo que vinimos. Más allá de alcanzar la cima, vinimos a retratar este hermoso escenario para la humanidad.

De nuestras pesadas maletas sacamos el dron, testigo de aventuras y ave que ha tenido las mejores imágenes de Colombia. Cristian me advierte que hay que volar rápido pues el nevado no tregua y un leve viento puede anteceder una tormenta de nieve que nos haría pasar un momento crítico.

Las manos tiemblan, como podemos armamos el dron. Tres, dos, uno, volando. Se levante el ave de CaminanTr3s y lo que tenemos ante nuestros ojos, difícilmente se describe con palabras.

Jamás había imaginado algo así. Este paisaje, ahora desde el cielo, es aún más grandioso. Las lágrimas no paran de caer y se confunden con la brisa helada y las gotas que nos dicen: ya lo lograron, ya conocieron a su majestad, ahora es momento de que regresen. Quizá el descenso sea más exigente que la subida.

 

Hubo tiempo para empacar dron, guardar cámaras y hasta echarse la bendición frente a la Laguna. Es sublime el sentimiento que acompaña la preocupación de ver como pierde nieve día a día nuestro nevado del Cocuy. Esa reflexión allí justo a borde de nieve que es hasta donde se puede llegar, sin duda, me hizo ser mejor humano. Gracias a su alteza La Sierra Nevada del Cocuy, Guicán y Chita.