En busca de una laguna encantada en Cerinza

Todavía no amanecía en Cerinza. Eran las 4 de la madrugada y ya estábamos listos para iniciar el recorrido que sabíamos que iba a ser largo. Nos acompañarían Don Alejandro y su hijo Diego, los dueños de la cabaña El Mirador del Tíbet. Ellos querían que conociéramos el páramo de Pan de Azúcar. Aunque habían ido, hacía muchos años no lo visitaban.

La aventura comenzó en un 4×4 ascendiendo por una carretera que más adelante se convirtió en camino real, como se conocen los estrechos y empedrados senderos de hace cientos de años. La neblina nos dejaba apreciar sólo un mínima parte del paisaje. Bajamos del carro sin saber realmente en dónde nos encontrábamos. La sensación térmica era bajísima, creemos que no superaba los 5 grados centígrados.

La caminata empezó más o menos a las 7 de la mañana después de pedirle permiso a la montaña para caminarla. El sol aún no tenía la suficiente fuerza para penetrar la espesa bruma que protege al páramo. Caminábamos en fila para causar el menor impacto posible durante nuestra visita.

Don Alejandro lideró la caminata, sus recuerdos eran difusos y no le venía a la cabeza muy bien el camino. Después de unos 20 minutos de recorrido, nos encontramos con una pequeña represa que, aunque no era natural, le daba un encanto hermoso a ese paraíso. Se trata de una represa que surte de agua potable a algunos municipios cercanos.

Aunque Don Alejandro trataba, no lograba recordar con claridad cuál era el camino para llegar a la laguna. No podíamos rendirnos, sabíamos que de alguna forma tendríamos que llegar. Esta vez la tecnología estaba de nuestro lado. Aunque no teníamos señal, podíamos ver en el mapa del teléfono cuál era nuestra posición y la ubicación de la laguna. Brújula en mano iniciamos un exigente ascenso de montaña.

Al salir del Tíbet nunca pensamos tardar tanto en encontrar la laguna así que olvidamos echar nuestros acostumbrados bocadillos y barras de cereal.

El frío no daba tregua y la falta de oxígeno por la altura nos cobraba cualquier pequeño movimiento que hacíamos. La montaña ganaba inclinación con cada paso que dábamos. Al mirar hacia arriba no veíamos avance. Era muy difícil respirar.

La laguna que buscábamos está sobre la cuchilla de una de las montañas del páramo. Desde allí se pueden apreciar los municipios de Cerinza, Belén y Santa Rosa de Viterbo. Así que nuestro pensado era hacer el ascenso de montaña y caminar cerca de 3 kilómetros sobre la cuchilla hasta llegar. No sabíamos qué obstáculos podríamos encontrar si intentábamos cruzar en línea recta el páramo y no queríamos arriesgar la energía que teníamos.

Ya eran cerca de las 12 del día y acumulábamos 5 horas de caminata. Cuando logramos coronar la cuchilla. El esfuerzo había sido monumental. Aprovechamos para tomar un poco de agua de un pequeño pozo que encontramos, nos hicimos cada uno a una pequeña rama hueca que se convirtió en las veces de pitillo. Allí descansamos 15 minutos. Aunque había felicidad por el logro, nos dimos cuenta de que aún nos quedaba un ascenso más sobre la cuchilla.

Seguimos el camino y una y otra vez se nos venía a la cabeza la frase: «caminante no hay camino, camino se hace al andar». Después de otra media hora logramos el último ascenso fuerte. De repente teníamos a nuestros pies todo el valle que alberga diferentes municipios boyacenses. Era una vista impresionante. Sabíamos que no habíamos coronado el Monte Everest ni mucho menos, pero sentíamos un gran orgullo. Ya lo dicen por ahí, lo que se logra con esfuerzo da mayor felicidad. Pues lo estábamos comprobando. La vista era inigualable. La recompensa del páramo lo pagaba todo.

Seguimos caminando en la que hasta ahora consideramos una de las caminatas con mejores recompensas que hemos tenido. Allí enclavada en las montañas se encontraba ella, tan hermosa, tan pura, era merecedora de una reverencia. Como si hubiera sido puesta con una varita mágica se encontraba la perfectísima Laguna Careperro.

No se pierdan el video de esta aventura aquí:

Comments

comments