Retornemos a los senderos de paz

Durante tres días el teléfono no paró de timbrar. Cada llamada nos dejaba aún en más incertidumbre; ¿sería posible llegar hasta la vereda La Ruidosa? Debíamos haber llegado el viernes catorce de febrero de dos mil veinte y ya estábamos a domingo. Un paro armado declarado por el ELN en todo el territorio nacional era la talanquera que nos detenía a continuar lo que hasta ese momento había sido un itinerario de ocho días de rodaje exitoso en Putumayo, Colombia. Aunque esta parte de la Amazonía colombiana no estaba bajo el control de ese grupo armado guerrillero, la salida del territorio de la guerrilla FARC dejaba un vacío que el Estado no había sido capaz de llenar y, por tanto, el amargo olor de un pasado doloroso merodeaba por las calles de Orito.

 
Casi siempre, los que viven en el centro del país o en el extranjero, tienen en su imaginario un concepto hollywoodense de las ciudades periféricas colombianas. Ahora, si se trata de una ciudad de la región sur, en donde la cordillera los Andes se encuentra con la vasta Amazonía, este imaginario raya con lo absurdo. Se imaginan que las personas viven en pequeñas aldeas aisladas y que sus vestimentas son las usadas por las comunidades indígenas más puritanas. Ojalá fuera así, pero no. Orito es un municipio petrolero del sur de Colombia que ha vivido del auge extractivista, pero que ha sucumbido ante inadecuada explotación de los recursos por empresas en su mayoría extranjeras. Sus calles son pavimentadas, existe comercio, hotelería y restaurantes; es una ciudad pequeña que tiene lo básico y un poco más.


El hotel, un edificio blanco de cinco pisos, uno de los más importantes del municipio, era el centro de operaciones desde donde coordinábamos la reportería y analizábamos el ambiente. No queríamos dejar que la guerra sepultara el sueño de Óscar Jelpud y su equipo, quienes esperaban ansiosos que su proyecto de vida, enclavado en la selva limítrofe de Nariño y Putumayo, fuese visibilizado de alguna forma.


En los años que llevamos recorriendo el país nos hemos cruzado muchas veces con soldados, guerrilleros, paramilitares, todos víctimas de un Estado ineficaz, corrupto e indolente. Siempre hemos creído que nuestra causa es justa y noble. Hablando y dando a conocer lo que hacemos, hemos logrado llevar nuestras cámaras a lugares inimaginables. No era el primer paro armado que experimentábamos en plena producción audiovisual, pero en éste se sentía aún más la incertidumbre.


El pasar de los días nos ponía contra las cuerdas. Teníamos un vuelo para regresar a Bogotá y el tiempo parecía no mejorar la situación. Siempre hemos confiado en el criterio de los anfitriones de los territorios, porque ellos son los que conocen hasta dónde podemos llegar sin pisar un terreno frágil. La respuesta de Óscar era negativa. Aunque le doliera el alma, sabía que no era el mejor momento. A la incertidumbre se sumaba la oleada de mensajes falsos que rondaban las redes sociales y a los que algunos medios hacían eco.

 
Algo en nuestro interior nos decía que el proceso de Óscar y sus amigos no era común, que debíamos esperar un poco más, que los jóvenes emprendedores de ese territorio no merecían estar pagando los platos rotos de otros, que ya ellos habían vivido mucho la guerra, que era suficiente. Llamamos a nuestra aerolínea, Satena, les explicamos la situación y la importancia de permanecer, aunque fuera dos días más. Comprendieron nuestra posición y logramos mover los tiquetes dos días. Sabíamos que era poco tiempo, pero era nuestra única oportunidad.


La última llamada con Óscar fue clara. Dijo que sí, que lo más probable era que no pasara nada. Mi hermano, las cosas por aquí están bien. Ustedes deciden que les dice su corazón. Yo confío en la pachamama y en el Todopoderoso. Por aquí el ambiente está sano, pero yo quiero que ustedes se sientan tranquilos. Yo quiero que vengan, pero que vengan bien, que vengan firmes. Me llaman. Colgó.

 
Los dos quedamos en silencio un tiempo. Claro, existe un riesgo, no lo podíamos esconder.

 
Uno en la vida siempre debe poner las cosas sobre una balanza y pensar. Definitivamente el fin último era más grande que la incertidumbre. Nosotros siempre tenemos un plan en caso de tener que explicar nuestra presencia en los territorios. Llevamos un par de videos en nuestros teléfonos y tenemos un libreto pensado de las razones por la cuales estamos allí. No es que pase siempre, o creamos que es inseguro caminar por las selvas de Colombia. Todo lo contrario, tenemos el libreto para explicarnos ante un guerrillero, pero no tenemos el libreto para convencer a un atracador que no nos mate en alguna de las ciudades del país. Es decir, consideramos que es muchísimo más seguro estar en esos territorios que caminar por calles de una ciudad. O que levante la voz quien no piense a diario en su plan de escape si llega un atracador a intimidarlo.


A las nueve de la noche del domingo tomamos el teléfono y marcamos. Si contesta, no hay vuelta de hoja. Tres veces sonó y aló. Óscar, buenas noches, que sí vamos, que nos espere mañana.

 
A las cuatro de la mañana del día lunes sonó la alarma, si no hubiera sonado daba igual. Quién iba a dormir… es que a uno le coge una pensadera toda la noche.
El equipo de rodaje ya estaba listo y «Andy Santy», nuestro conductor de confianza, nos estaba esperando en la calle en frente del hotel. Esa calle estaba sola, de hecho, durante el paro, había disminuido considerablemente la cantidad de personas deambulando por las calles calurosas de Orito. Aunque era temprano, estaba fantasmagórica la ciudad.


Tomamos una pequeña carretera destapada. A Andy Santy le encantaba recochar, pero ese día no. O por lo menos no tanto. Ya habiendo avanzando un buen tramo de despavimentada nos encontramos el río Guamuez, que nace tranquilo en los Páramos Azonales de Nariño, pero que a esa altura ya se ha convertido en un caudaloso cuerpo de agua. El puente estaba, en pasado. Hacía unos meses, o años, no lo tenemos claro, el Guamuez se había llevado el único puente que comunica a Orito con la inspección de Siberia. Ya estábamos ahí y devolvernos no era una opción. Dejamos la camioneta en una orilla y cruzamos caminando lo que quedaba del puente.

Cruzando nos poníamos a pensar en cuánta plata costaría levantar ese puente, cuántos políticos habrán prometido su construcción. Pensábamos si sería que esa podría ser una de las razones por las cuales aún seguimos en guerra. Es que debe ser muy verraco nacer completamente desprovisto de Estado y ser succionado por multinacionales que todos los días te están tumbando la montaña donde jugabas de niño.

Si Óscar por teléfono se hacía sentir como un ser con un don supraterrenal, escucharlo y verlo en persona era ya una cosa de otro planeta. Tez morena, una estatura de 1.80 metros, cabello corto ondulado, camisa manga corta típica verde con cuello multicolor. A su corta edad, unos veinticinco años, representaba la ancestralidad del pueblo Kofán.


Nos subimos cada uno en una moto y arrancamos. Recorrimos otra carretera destapada por más o menos treinta minutos. Esta vez ya sentíamos que estábamos ingresando a la selva. – Por aquí se ve tigre, decía Diego, uno de los compañeros de Óscar. Se refiere al jaguar, que cariñosamente le dicen tigre en esos territorios de la Colombia oculta.

 
Al costado derecho de la carretera se encontraba un aviso blanco con un nombre en verde. «Chigayaco» decía el letrero. Allí debía iniciar nuestra travesía hacia lo profundo de la selva. Óscar desenfundó su guitarra y dio inicio al sendero mágico.

«Acompáñame a una aventura lejos del ruido y las dudas por un camino hacia la selva. Subiendo a la montaña, sublime santuario de verdes, donde se avistan heliconias».


De esa forma Óscar y sus amigos nos daban la bienvenida a un santuario de magia sublime. El recorrido se hacía descendiendo una montaña selvática mientras los guías nos iban relatando historias de guerra convertidas en paz. Cada una de sus frases, perfectamente acomodadas al sendero, nos flechaban el corazón y nos hacían comprender lo que verdaderamente significa la paz. Entendíamos la poca compresión que tenemos en el centro del país sobre el verdadero significado de la guerra. Nos veíamos y nos sentíamos tan antipáticos y poco condescendientes, cuán arrogantes hemos sido.

 
Otra parada debíamos hacer antes de llegar a la anhelada cascada. Nuevamente el grupo entonó sus instrumentos, que ahora eran acompañados por la música que producía la espesa selva y el caudaloso río Churayaco.

 
«Hermana paz nunca te alejes, del campesino y su sembrío. Hermana paz nunca te alejes, del pescador y su atarraya. Recuerdo el día en que faltaste tú y en la montaña no cantó el tucán. Recuerdo el día en que faltaste tú, una madre a su hijo lloró…»

Cada una de las estrofas se sentían como una cachetada de realidad. Cuánta verdad en una canción. Allí compartimos ideas de paz mientras comíamos un envuelto y una chicha preparada por habitantes de la inspección.


Unos treinta minutos nos separaban del destino final. No pesábamos que pudiese existir algo más bello y profundo de lo que ya nos había revelado este grupo de personas y su selva. Mientras caminábamos con los equipos al hombro entre ríos y quebradas, pensábamos en el poder y la sabiduría que tiene la naturaleza. Si tan sólo tratáramos de imitarla, seríamos una especie diferente.


Normalmente, cuando llegamos a una cascada que anuncia la finalización de un sendero, lo primero que hacemos es disfrutarla de una forma mundana. Esta no sería la ocasión. Esta vez todos nos detuvimos detrás de Óscar Jelpud. Teníamos ante nuestros ojos un paraíso realmente prístino.

Óscar desenfundó un instrumento, que hasta ese momento no había usado, una quena (una especie de flauta corta de madera). Se acercó conscientemente a la cascada, se sentó en lo que quedaba de un árbol inmenso que había sucumbido a alguna tempestad típica de la selva y entonó con sus pulmones las notas más profundas que jamás hubiésemos escuchado.

Mientras ese espíritu de la selva arrullaba a la cascada con su música celestial, un grupo de golondrinas, que habían estado escondidas, salían una a una a danzar al ritmo de la quena. Fue un momento de reflexión tan profundo que ni las cámaras ni este texto son capaces de narrarlo fielmente.

Así terminaba un día de reflexión que nos hizo comprender el verdadero valor y el peso que tiene esa corta palabra compuesta por dos consonantes y una vocal: la paz. Este recorrido ha quedado plasmado en un producto audiovisual que resume lo ocurrido ese lunes de febrero.