Un pueblo con noches frías y personas cálidas.

Hablar de la Villa de San Diego de Ubaté sin hablar de su gente es como comer chocolate blanco: es dulce, sabe bien, pero en el fondo sabes que no es chocolate. En cada nuevo lugar que visitamos sabemos que vamos a encontrar por lo menos una persona que nos va a acoger como si fuéramos viejos amigos, en Ubaté no fue sólo una persona la que nos acogió, cada uno de los habitantes de este pueblo a los que tuvimos el honor de conocer nos hizo sentir como en casa.

Para llegar desde la capital de Colombia, Bogotá, no es tarea difícil. Sólo hace falta tomar la Autopista Norte durante unos 15 kilómetros, después tomar la autopista hacia Zipaquirá y por último la vía que va a Ubaté. En Google Maps está toda la ruta y no es complicado seguirla.

Ubaté es un pueblo cuyo centro es de construcción colonial. Su plaza central es el encuentro de niños, jóvenes y viejos, lo que la hace muy especial. Además de esto, ésta alberga uno de los principales atractivos: la basílica menor de Ubaté.

Partimos de Bogotá a las 8 de la mañana. Esta vez nos dividimos, queríamos mostrar las dos formas de llegar hasta Ubaté: en vehículo particular o en bus. El viaje fue un poco más largo de lo que esperábamos: curvas, camiones, subidas interminables, en fin un viaje corto en kilometraje pero un poco largo en tiempo si te topas con un camión que no puede superar los 30km/h.

Finalmente, después de recorrer 77 kilómetros, llegamos a Ubaté a las 10.30 de la mañana. Cansados buscábamos desesperadamente un café de esos que levantan muertos. Teníamos poco tiempo para buscarlo ya que habíamos quedado con Carlos Villamil, un amable gestor de turismo de la Alcaldía de Ubaté, a las 10, y bueno ya llevábamos media hora de retraso.

Al entrar a Ubaté hay una calle que te lleva directamente a su plaza central en dónde está la alcaldía, algunos bares y la famosa basílica. Es de esta última de la que les queremos hablar. En lo que hemos recorrido hasta ahora con CaminanTr3s nunca habíamos quedado tan asombrados por una construcción religiosa. Cuando llegas a la plaza y levantas la mirada quedas atónito; una gran construcción de estilo gótico se levanta en el centro del pueblo con tal orgullo que hace sentir pequeño a quien se le arrime. Eso nos pasó a nosotros; es como cuando te paras al frente de una dama perfectamente vestida, con tacones altos, un sombrero negro que deja en el misterio su rostro y un cigarro en su boca que va unido a un pitillo por el cual pasa el humo para entrar a su boca y expulsarlo con la más pura finura y estilo.

Nos encontramos con Carlos casi a las 11 de la mañana, necesitábamos con urgencia el café. Cuando conoces a una persona siempre tratas de comportarte de la mejor forma posible y te parece que la persona que estás conociendo es muy seria y por tanto debes actuar con todo el respeto posible. Bueno al acabar el día Carlos terminaría siendo uno de los nuestros; bebimos, cantamos y gozamos… – ya vamos para allá

Después de terminar el café en un bar que realmente recomiendo (no recuerdo su nombre pero es el único que está al lado de derecho de la basílica), ya el reloj marcaba casi las 13 horas. Sucede que nuestro amigo Carlos ya tenía todo perfectamente organizado, él quería que nosotros pudiéramos conocer lo mejor que tiene Ubaté para ofrecer y poder llevarlo a ustedes: lectores y seguidores de CaminanTr3s. Así las cosas nuestro itinerario esta vez ya estaba todo planeado y con ese amor y orgullo con el que nos mostraba su pueblo era imposible negarnos.

– Vamos a la Plaza del amor – Dictó Carlos.

Era algo extraña su orden pero estábamos dispuestos a todo para poder llevarlo a ustedes de primera mano. Empezamos a andar por las estrechas calles del pueblo que están pensadas más para la modernidad de las bicis y los peatones que para los prehistóricos vehículos. Después de unos 5 minutos estábamos en la Plaza del amor y ya sospechábamos que algo no iba.

La Plaza del Amor es una construcción tipo coliseo cubierto y por dentro en realidad es una plaza de mercado, y entonces ¿por qué la Plaza del amor? Bueno en realidad es un juego de palabras, el nombre completo es la Plaza de la mor – cilla y debe su nombre a la fama que tiene la morcilla en este lugar.

CaminanTr3s, si son entre las 12 y las 14 horas y no han almorzado, les sugerimos paren aquí mismo la lectura y vuelvan después de almuerzo. Pero si es temprano y tienen tiempo de ir a almorzar a la Plaza del amor, terminen la lectura y ¡corran!

Lo que olimos al llegar al lugar es ahora difícilmente descriptible. Se trataba de una mezcla de olor a papas de todo tipo, embutidos de todo tipo, salsas, mejor dicho un palacio del colesterol. Nos sentamos en la mesa junto a nuestro amigo Carlos y al auxiliar de administración de la plaza, el señor Andrés Grande. Bueno, finalmente llegó lo que esperábamos; se acercó a la mesa una señora con delantal y en sus manos cargaba una bandeja que tenía literalmente de todo. La puso en la mesa y de ésta brotaba el vapor que concentraba todos los sabores de esa deliciosa picada. Veamos, la comilona iba a constar de: papa criolla, queso de cabeza, morcilla, (¿te dio hambre? mira la foto) chorizo, bofe, plátano y ají.

Después de una media hora de ejercitar la mandíbula nuestros ombligos casi que estallaban como cuando metes un maíz pira a la olla caliente. Aunque casi nos dormíamos por haber comido tanto, debíamos seguir el camino. Pedimos licencia a Carlos para que nos diera un espacio en el cronograma para ir a visitar Cucunubá, un pequeño pueblo que está ubicado a 15 minutos de Ubaté. Esta visita era parte de nuestro itinerario ya que en la investigación previa al viaje habíamos leído de su gran belleza.

Nuestro pensado era llegar al pueblo, tomar un café y volver a Ubaté. Llegamos a Cucunubá y quedamos con la boca abierta. Éste es un pueblo de máximo unas 500 casas, colonial, estrecho, bien conservado, mejor dicho una joya en el departamento de Cundinamarca. Por nuestro apretado cronograma no podíamos estar largo, hicimos unas tomas de su plaza y de sus calles, par fotos, el infaltable café y salimos volando (volveremos seguro).

Nuevamente nos encontramos con Carlos en el centro de la Plaza, queríamos visitar la basílica pero habíamos fracasado en el primer intento porque estaban en culto. Ya eran las 16 horas y teníamos la esperanza de que se pudiera visitar, hacer algunas fotos y constatar lo que habíamos leído sobre su particular diseño. El nuevo intento iba a ser también perdido, estaban en culto. Sin embargo, cuando ya habíamos decidido desistir e intentar al siguiente día Carlos vio entrar al campanero. Nos preguntó que si queríamos subir al campanario y visitar también el órgano, a lo que nosotros felizmente accedimos.

Subir al campanario era más difícil de lo que se piensa, son 60 y pico de metros por unas escaleras que se angostan entre más arriba estás. Ya al final valió mucho la pena, la vista es inigualable y las campanas son gigantes.

La noche ya estaba por ganarle al día y Carlos nos tenía preparada una sorpresa más. Aunque estábamos muy cansados no podíamos negarnos a su invitación: un concierto de música popular que cerraba las fiestas patronales del pueblo, ¡además iba a haber aguardiente!

El siguiente día en Ubaté iba a costar. Habíamos quedado con Carlos a las 6 de la mañana y la resaca de aguardiente ya hacía sus estragos. Nos levantamos en casa de doña Rosalbita, una señora que nos acogió con hospitalidad y fue nuestra madre protectora por una noche. Empezamos la jornada con el típico desayuno casero: chocolate en leche y pan.

Arrancamos el día en una farmacia en donde compramos un par de pastillas que nos quitaran el dolor de cabeza. Nuestra primera visita iba a ser al cerro de colores o de Santa Bárbara. La particularidad de este cerro choca casi con antipatía con la majestuosidad de la basílica. Es como cuando pones contiguas dos cosas que brillan por una belleza totalmente diferente. La basílica majestuosa, elegante, impetuosa y casi arrogante se erige mirando por encima a todo el pueblo, por otro lado, el cerro brilla por su variedad y desorden de colores, en su cima alberga una pequeña capilla hecha en piedra y su humildad se impone orgullosa. Recomendamos que no dejen de visitar este atractivo, la vista es muy bonita y las casas son geniales.

Nuestra siguiente parada iba a ser bastante divertida. La alcaldía del pueblo estaba inaugurando un concurso que no era común en la región: un cuarto de milla equino. Todos los habitantes del pueblo podían participar, llevar su caballo y competir en una excitante carrera. Las gradas estaban a reventar, los participantes montaban a pelo sus caballos y el ambiente era inigualable. Por normas de seguridad todos los participantes debían competir con un casco que los protegiera. Claro, al ser la primera vez que se hacía un concurso de estos, los jinetes carecían de protectores y vimos desde cascos de bicis y motos hasta cascos para construcción, todo un espectáculo.

Ya casi eran las 13 horas y el estómago pedía a gritos comida. Carlos, como de costumbre, ya tenía todo preparado. Nuestra siguiente parada sería un restaurante típico de Ubaté: La Frontera. Éste está ubicado a unos 20 minutos del pueblo y cuenta con una carta variada de comida. Su particularidad es que las comidas son cocinadas en un horno de barro antiguo. Nos comimos unas costillas de cerdo y una trucha en salsa de camarones que hasta hoy no hemos podido olvidar.

Después de la comilona hicimos una pequeña caminata ecológica muy cerca al restaurante. Reposamos el almuerzo con una siesta de 15 minutos y regresamos a Ubaté. En el camino de regreso conocimos dos cosas que no te puedes perder. La primera es el monasterio de San Luis y la segunda una casa colonial que es atravesada por un río. Si vas al restaurante lo vas a encontrar seguro porque son bastante visibles.

Nuestro viaje terminaba así, personas estupendas, un pueblo mágico con contrastes impresionantes. Queremos agradecer infinitamente a Carlos Villamil, a doña Rosalbita, a don Andrés Grande, a Lorena Briceño, a Nataly la hermana de Carlos y a todas aquellas personas que nos recibieron como en casa. ¡Un abrazo gigante!

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