Una tierra que hace millones de años estuvo bajo el mar

Para muchos Villa de Leyva es un pueblo colonial en el cual se puede comer en un restaurante de alta categoría, pasear por sus calles coloniales y recorrer sus desiertos. Para otros, en especial jóvenes y extranjeros, es un lugar mágico para una buena fiesta, una charla nocturna, una noche estrellada junto a una fogata y par hongos o en su defecto un porro. Para CaminanTr3s Villa de Leyva es un pueblo ubicado en un mágico lugar rodeado de montañas y llanuras: el Alto Ricaurte.

Antes, cuando alguien nos mencionaba Villa de Leyva nuestra mente nos trasladaba a una plaza gigante rodeada de balcones coloniales y una pequeña iglesia. Ahora vemos Villa de Leyva de otra manera. Sucede que en Villa de Leyva y sus alrededores se pueden hacer muchísimas más cosas de las que pensábamos.

Villa de Leyva se encuentra ubicada en el Alto Ricaurte una provincia boyacense bastante mística. Empecemos por mencionar que hace unos cuantos millones de años todo este alto estuvo cubierto por el océano. Es un territorio de contrastes, por momentos estás en gigantes desiertos, después te encuentras rodeado de una espesa vegetación y también a veces te sorprendes de interminables campos de pino y eucalipto.

En el Alto Ricaurte se encuentran municipios como Villa de Leyva, Gachantivá, Ráquira y otros. Nuestra visita básicamente estuvo centrada en los primeros dos. De Villa nos llevamos su arquitectura, su estilo colonial es bastante atractivo. Caminas por aquí y por allá y no terminas de asombrarte de sus ventanas en madera, de sus calles empedradas y de sus olores. Las hiedras rojas y rosadas cuelgan de los balcones y los turistas abundan en sus calles.

De Gachantivá nos llevamos la adrenalina, la montaña, el olor a naturaleza y obviamente su gente. Este pueblo se encuentra ubicado a más o menos unos 30 minutos de Villa de Leyva. Los paisajes son encantadores, pasas del frío al calor en minutos, sus cascadas son hermosas, hay valles y montañas, un paraíso.

Para esta oportunidad nos hospedamos en la finca ecológica El Naranjal que queda más o menos a unos 20 minutos de Villa de Leyva. Nos recibió su administrador, Leo Uribe. Desde antes de llegar sabíamos que nos dividiríamos en casa y camping. El ambiente en esta finca es muy hogareño, lo administra Leo junto a su padre y madre. La atención, estoy seguro, es muchísimo más especial que en cualquier hotel de 5 estrellas; lo hacen con cariño.

Esa tarde llegamos y salimos corriendo de la finca. Queríamos hacer la mayor cantidad de actividades posible. Lo primero que fuimos a visitar fue la cascada La Periquera ubicada más o menos a unos 5 kilómetros de allí. Les juramos que jamás nos habíamos bañado en un agua tan fría. Cuando entrabas nadabas como loco para salir lo más pronto posible, pero estando afuera querías volver a saltar entre sus profundidades.

 

Después de nadar en esas aguas heladas, hicimos algo de ejercicio en los puentes tibetanos. Esta actividad consiste en cruzar puentes haciendo equilibrio, cada nuevo puente tiene un nivel de dificultad más alto. Como habíamos llegado tarde a la finca sólo nos quedaba tiempo para una actividad más, pero sería la mejor de todo el día.

Para realizar nuestra última parada nos dirigimos a casa de Don Evaristo. Él tiene en su finca uno de los tesoros de las tierras gachantiveñas, creo que se dice así. Debajo de la casa de Don Evaristo se encuentra la cueva de Furatena, como él mismo la describe: “Un lugar sagrado”. Cuentan que en esa cueva dormían algunos indígenas. Estábamos entrando más o menos a las 5 de la tarde, la luz ya no nos daba afuera para grabar. Nos preparamos con los cascos y las linternas para internarnos en las profundidades de la tierra. Desde afuera se escuchaban los chillidos de los murciélagos que revoloteaban de lado a lado nerviosos por la entrada de extraños en su territorio.

Ya adentro de la cueva iniciamos el descenso. Entre más abajo estábamos el silencio era más profundo, el agua pasaba por nuestro lado abriéndose camino entre el piso. Entrar a una cueva es como ver el tiempo congelado en el espacio. Al final de la cueva, cuando ya no nos era posible avanzar más apagamos las linternas. La oscuridad era total, el silencio mágico. Estuvimos ahí, sin movernos, sintiendo el revoloteo de los murciélagos en nuestras cabezas, fueron 10 minutos inigualables, sentíamos el agua caer en la profundidad inexplorada de la caverna.

Cuando salimos la noche ya había caído. El cielo estaba totalmente estrellado, sólo hacía falta armar la carpa y a descansar. A eso de las 3 de la mañana cayó una lluvia torrencial que arrulló la fría noche.

Un nuevo día había nacido. Despertamos con un café que nos ponía a punto para todas las actividades que venían. El desayuno fue más que excelente, todos los productos que comimos fueron producidos en la finca. Leo desayunó con nosotros: huevos, mazorca, chocolate, arepa y caldo ¿Mucho?

El día no podía haber arrancado de otra forma que limando asperezas entre los dos. En la finca ecológica hay una forma muy divertida de iniciar la jornada: un juego de paintball. Después de reventarnos a bala en el juego, estábamos listos para ir a conocer diferentes atracciones.

El primer lugar que visitamos fue el antiguo pueblo de Gachantivá. Cuando digo antiguo es literal. En realidad ya no queda mucho de éste, sólo sus ruinas. Después de caminar por 10 minutos, bajando una colina, se alza una reliquia de más de 400 años. Construida en bloques de abobe la iglesia es uno de los pocos vestigios que nos ha dejado el pasar del tiempo. Allí solían habitar indígenas chibchas que fueron adoctrinados con la llegada de los españoles en la época de la conquista. Por razones de estrategia económica el pueblo fue movido de esa locación dejando estas ruinas por siempre abandonadas.

Después de ese chapuzón de historia debíamos seguir el camino. Pasamos por el pozo La Vieja en el cual no nos pudimos quedar mucho tiempo. Allí también pueden acampar si así lo desean. Camino a otro de los atractivos de la región pasamos por un viñedo. Nos comimos una uvitas, no probamos el vino, y seguimos.

Llegamos a eso de la 1 de la tarde a la casa de Terracota. Este lugar, que ya es bien conocido por muchos turistas, no pasa desapercibido. Su creador, el maestro Octavio Mendoza parece que hubiera querido jugar con la imaginación de todos. Llena de laberintos, simula la casa de unas termitas. Su interior está lleno de pasadizos que te llevan de una habitación a otra, en realidad no logras entender muy bien cómo has llegado al punto en que te encuentras. En el centro de la casa unas escaleras te llevan al segundo piso. En éste encuentras otras 2 habitaciones más y cada agujero que da al exterior te lleva a un balcón. Los balcones están conectados entre sí y en la parte más alta de la casa hay una terraza con una mesa y un asador. Si no la has visitado tienes que ir para entender de qué estamos hablando.

Nuestra siguiente parada fue el Museo del Fósil. Además de los cientos de fósiles que encuentras de tamaño pequeño, hay uno que te deja con la boca abierta y que es el centro de atención de todo el museo: el kronosaurus boyacensis hampe. Éste es un reptil marino que habitó el Alto Ricaurte hace unos cuantos millones de años. Pudo llegar a medir más de 7 metros y es hasta ahora el fósil de dinosaurio más grande que se ha encontrado en la región.

 

Terminamos de visitar el museo más o menos a las 3 de la tarde. Sin almorzar, nuestra siguiente y última parada era el centro de Villa de Leyva, queríamos caminar más sus calles y tomar algunas fotografías. Como el hambre azotaba y los precios de Villa son altos, nuestra opción fueron las empandas. Después de recorrer por más de 1 hora sus bellas calles estábamos listos para regresar. Nos despedimos de Leo, un amigo más y arrancamos dejando otro pedazo de nuestro camino allí, en el Alto Ricaurte.

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