NOS METIMOS EN UNA ZONA VEREDAL. Una experiencia reveladora.

Hasta ese momento nos habíamos enfrentado a la rudeza del río Fragua Chorroso y fuimos testigos del emprendimiento y los planes que se vienen para el turismo en San José del Fragua. Habíamos cruzado la frontera de la imaginación para sumergirnos en la aventura del rio Sarabando, lugar que denominamos la sala de parto natural de Belén de los Andaquíes. También habíamos saboreado la esencia del caqueteño, untándonos de sus raíces y probando los frutos que llegan a su capital, Florencia. Fuimos atrapados por la manigua que nos enseñó a respetar su encantador embrujo. Nos detuvimos en el abismo de sus riquezas naturales para evidenciar la hermosa magia de La Diabla del Danubio, en Morelia. Saltamos al vacío del turquesa y esmeralda que componen La Avispa y nos descolgamos en nidos de avispones y cañones de aventura. Los ancestros despejaron nuestra mente y nos abrieron las puertas de su manantial de sabiduría. Conocimos cómo se funden los saberes indígenas y la ciencia en pro del cuidado de la naturaleza.

Ese había sido nuestro aprendizaje hasta el momento, pero ese día, el número diez, el que por itinerario debíamos visitar el municipio de La Montañita, Caquetá, era quizá uno de los que habíamos esperado durante mucho tiempo como periodistas; encontrarnos frente a frente con la realidad y poder darle voz.

Siempre hemos creído que la mejor forma de entender un escenario es acercándonos a él. Es por esto que ese día nos encontrábamos parados en frente de una zona veredal, llenos de ideas, de preguntas y no les vamos a mentir, con mucha confusión.

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